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30 de mayo de 2013

SCRIBĔRE







Pueden impedirte ser un autor publicado, 
pero nadie puede impedirte ser un escritor, 
o incluso ser mejor escritor cada día. 
¡Todo lo que tienes que hacer 
para ser un escritor es escribir!

Khaterine Neville


Más allá de tener algo qué decir, muchas veces escribo sólo por el placer que me prodiga hacerlo. Me imagino armando un rompecabezas donde cada pieza es crucial y debe ocupar un sitio único para completar algo, si no digno de ser visto, al menos bien ensamblado.


Me gusta el sonido que emite la estilográfica al recorrer el papel, entintándolo. Escribir es una experiencia liberadora; es magia pura. A veces es un placebo para todos los males interiores que me invento o que en verdad me aquejan, y a veces un mecanismo de recepción de ideas que flotan en el aire y son captadas por mi pluma, que funge como antena.


Amo las estilográficas, pero también escribo con bolígrafos, lápices, portaminas, colores, crayones, plumines o lo que tenga a mano, sin importar la superficie: una servilleta de papel, un boleto del metro, un palmo de mi propia piel cuando no hay otro sitio.


Escribo a cualquier hora y en cualquier lugar. Escribo cuando y donde siento el impulso de hacerlo, y lo mismo puedo crear epitalamios que panegíricos, libelos, ripios o epítomes. Textos académicos, periodísticos, aforismos o prosa de intensidades... Lo importante es escribir, pues las posibilidades en el rubro son innumerables. 


Escribir me permite plasmar lo intangible en realidad material, como si mis pensamientos se fueran concretizando a medida que hacen el recorrido desde mi cabeza hasta el papel. 


Escribo como un conjuro contra el mal humor, la frustración, la indiferencia, y como un mecanismo de equilibrio cuando se me desbordan la alegría o la tristeza. También como terapia.


Escribo cuando el mundo a mi alrededor se desmorona, cuando me abandonan las musas y cuando me visitan.


Escribir es una forma de hablar, reír y llorar en silencio, de establecer un diálogo potencial ajeno al paso del tiempo, con interlocutores que jamás se llegarán a conocer.


Escribo como forma de vida. Me enfundo en mi traje de amanuense y dejo fluir ideas, sentimientos, ocurrencias y otras cosas que le arrebato a la tinta del cartucho.


Escribo porque por mis venas corre tinta y no sangre. Porque el acto de escribir me permite ingresar a mundos paralelos que coexisten con el mío, donde soy demiurgo y hago que ocurra cuanto deseo.


No sé si lo hago bien o mal, si es del agrado de quien me lee o le ocasiona daños intelectuales irreversibles o sangrado ocular. De ser así ofrezco disculpas por ello, pero sirva como apología el decir que la escritura es algo más fuerte que yo y está por encima de mi control.


Escribo, pues, porque además de ti pocas cosas en la vida me apasionan y hacen tan feliz.


¿Y tú haces lo que más te apasiona y hace feliz en la vida?

21 de mayo de 2013

DECISIONES


El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide.
Henry F. Amiel

¿Sí o no? ¿Hacer o dejar de hacer? ¿Esto o aquello? ¿Aquí o allá? ¿Lo tomas o lo dejas? ¿Hoy o mañana..?

Todo el tiempo estamos tomando decisiones, la mayoría de las cuales no son pensadas porque no implican repercusiones importantes en nuestra vida.

Tomamos decisiones de vida, decisiones intrascendentes, pensadas y repensadas, irreflexivas, al vuelo, por obligación, por necesidad... De ahí que la calidad y el tipo de las mismas puede afectar dramaticamente nuestra existencia.

Quizás para los ritualistas y fetichistas el orden en que nos ponemos cada prenda de ropa, o atamos los zapatos, por ejemplo, puede ser determinante para conservar el equilibrio del universo o para cambiar nuestra suerte, lo mismo que si pisamos o no al caminar sobre una acera las rayas que dividen las baldosas, pero a ciencia cierta jamás lo sabremos.

Sin embargo hay decisiones a partir de las cuales en un segundo cambiamos el rumbo de nuestra existencia, a veces sin vuelta atrás.

Así las cosas, conviene preguntarse si dichas decisiones fueron tomadas de manera consciente, reflexiva, visualizando todos y cada uno de los escenarios posibles que podrían desprenderse de la misma, o, por el contrario, si fueron producto del momento.

En toda decisión que tomamos, existe siempre el riesgo de cometer errores o equivocaciones cuya factura nos hará llegar oportunamente la vida. De ahí que, contra todo pronóstico, más allá de esperar lo mejor de las decisiones tomadas debemos, sin que prive pesimismo alguno en ello, esperar siempre lo peor. De esta forma, si lo que ocurre es, en efecto, lo peor que podamos prever, estaremos preparados para afrontar las consecuencias, mientras que, por el contrario, si ocurre cualquier otra cosa, siempre será bienvenida.

Una cosa es segura: tomar una decisión implica depositar todas las demás opciones en el mundo de la posibilidad y, en ocasiones, a posteriori, en el saco del "si hubiera".

¿Y tú, tienes conciencia de todas las decisiones que tomas a diario?

14 de mayo de 2013

LLUEVE...


Afuera llueve y cada gota que detiene su caída silenciosa al chocar con algo sólido produce una nota y despierta una esencia. Así, llueve de abajo arriba el aroma de la tierra;  llueve de dentro afuera ese el aroma tuyo que guardo en la memoria y llueve por doquier una improvisación sinfónica.

La lluvia afina el mundo. Si se le escucha con atención se arriesga a oír, imbricados, el llanto celestial más triste y el canto más sublime.

Llueve y en medio de la lluvia la ciudad se transforma en un desierto. Por regla general la gente huye del agua como si le quemara cada gota. Se guarece de ella mientras que a otros nos cobija con su caricia de miles de manos húmedas. La más erótica que conoce mi piel.

Me hipnotiza ver cómo hace bullir el pavimento en frío y crea espejos negros, ríos pequeños o caudalosos que lavan todo a su paso en su recorrido de vuelta a las profundidades de la tierra.

Llámenme loco pero no hay para mí nada más reconfortante para el alma que salir a caminar bajo la lluvia y sentir cómo se apodera de cada milímetro de mi cuerpo al trasminarse por la ropa hasta llegarme al corazón y hacerme uno con ella. Quizás, como dicen algunos sólo me moja, pero mientras yo sienta que me acaricia y canta, atenderé su llamado.  Máxime cuando se torna en aguacero, pues su   voz atronadora me permite llorar, reír, cantar y gritar a todo pulmón o bailar en silencio sin ofender susceptibilidades ni causar lástima alguna.

Mientras algunos la maldicen, como si esa bendición líquida fuera responsable de la respuesta pirotécnica de semáforos y transformadores ante su toque baptismal; o de los yerros en la planificación urbana que la obligan a estancarse en cada cuenco de la ciudad, yo admiro la paciencia con la que gota a gota pinta todo de gris, llena presas y alimenta las plantas insuflándoles vida.

En mi diccionario personal, lluvia es sinónimo de paz, felicidad, alegría, tristeza y melancolía, sentimientos encontrados y también extraviados… 

Por eso, cuando muera, deseo que mis cenizas sean esparcidas en un lugar especial, bajo la lluvia, para que me lleve con ella a donde quiera que vaya.

Mientras ello ocurre, afuera llueve; una voz líquida me convoca a salir y aquí dentro de mí algo me urge a no hacerla  esperar.

7 de mayo de 2013

¿QUIÉN DIJO MIEDO?


Nos envejece más
la cobardía que el tiempo.
Los años sólo arrugan la piel,
pero el miedo arruga el alma.
Facundo Cabral

Fiel compañero de todo ser humano, el miedo esta siempre listo para hacerse presente, acechando, esperando la más mínima oportunidad para detonar y tomar por asalto nuestra tranquilidad para hacerla desaparecer como una gota de agua sobre una sartén caliente...


Pero, ¿de dónde proviene? ¿Nacemos con él? ¿Lo adquirimos debido a circunstancias específicas? ¿Es una herencia cultural? ¿Qué es?


Sea como fuere, el miedo, que es y ha sido tema fundamental de disquisiciones filosóficas, investigaciones neurológicas, ensayos literarios, poemas, canciones y  charlas de café -a diferencia de las fobias, esos temores irracionales de los cuales todos tenemos uno, y del pánico referido a la amenaza de un peligro inminente-, siempre nos habita.

El miedo, nos ilustra la Real Academia de la Lengua, se define como: “Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

Y es así que tenemos miedo a la muerte de quienes amamos, más que a la propia. Miedo al ridículo. Miedo al fracaso. Miedo a no responder a las expectativas que tienen de nosotros quienes nos importan. Miedo a ser   abandonados u olvidados por la persona que ocupa nuestro corazón. Miedo a no alcanzar nuestras metas. Miedo a exponer nuestros sentimientos y ser lastimados por ello. Miedo al rechazo… 

Vivimos siempre con miedo porque somos criaturas frágiles y soberbias. Porque es más fácil rendirse al miedo que enfrentarlo aun sin vencerlo. Porque lo permitimos, en suma.

El miedo es entonces un enemigo formidable y poderoso, pues al fraguarse en nuestros pensamientos acerca de realidades posibles, proviene de nuestro interior y, por ello, nos confronta con nosotros mismos, con nuestros monstruos personales, con nuestras capacidades y límites; con nuestro más grande enemigo.

No hay receta para enfrentar el miedo, pues se trata de una cruzada personal que decidimos o no emprender contra nuestras ataduras, a sabiendas de que debemos hacerlo por salud mental y emocional. Todo es cuestión de decidirse.

¿Y tú, aún eres rehén del miedo o ya te decidiste a enfrentarlo?