Buscar en este blog

24 de agosto de 2013

LOS DEMÁS




Los demás son siempre los que están mal. Los necios. Los que ensucian la calle. Los que haraganean en el trabajo. Los que no estudian. Los que no leen. Los que no ayudan. Los que discriminan. Los que censuran. Los envidiosos. Los inconscientes. Los irresponsables. Los que no ceden el asiento a quien lo necesita en el transporte público. Los que ven de soslayo al indigente. Los que dejan todo para mañana. Los que se quejan de todo.  Los que opinan como si fueran expertos acerca de temas que desconocen. Los irrespetuosos. Los prepotentes. Los arrogantes. Los que ven “discretamente” a otras personas cuando están con su pareja. Los que desperdician la comida. Los que se detienen en doble fila con el auto u obstruyendo el paso de los peatones. Los que critican todo y a todos. Los ridículos. Los  cursis. Los indiferentes ante el dolor ajeno. Los que se burlan del otro cuando tropieza y cae. Los que jamás se acomiden a ayudar a un desconocido. Los que siempre esperan ser reconocidos y recompensados por sus acciones “desinteresadas”. Los que ven pornografía. Los que escriben “con las patas”. Los egoístas. Los que dejan la luz encendida al salir de una habitación. Los que pisan el pasto en lugar de caminar por las aceras. Los que critican el arreglo personal de los demás. Los que desperdician el agua al lavar el auto o al bañarse. Los que molestan a los demás escuchando una y otra vez una canción a todo volumen. Los que se burlan de los otros como si ellos fueran perfectos. Los que se hurgan la nariz cuando nadie los ve. Los que no se lavan las manos después de ir al baño. Los que comen cochinadas en la calle. Los que siempre culpan a otros por sus errores. Los que traicionan. Los que engañan. Los que descalifican. Los que son infieles…

En fin, los que hacen todo lo que nosotros no hacemos jamás, porque nosotros somos especiales y únicos.

13 de agosto de 2013

EL ÚNICO FINAL FINAL


Sólo a quien busca el ojo de la muerte,
no se le rompe el propio,
cuando debe mirar la nada frente a frente.
Hermann Broch

Para Fernando "El Pollo"

Esto de los velorios, los entierros, las cremaciones, las misas de cuerpo presente y demás parafernalia funeraria -amén de espeluznar- resulta mortalmente desgastante y agotador. Tanto llanto, tanto abrazo aferrado, tanto pésame, tanta codescendencia, tanto rezo, tanta negación, tantas flores. ¡Tanta necesidad de resignación!

Nada altera tanto el curso de la vida, como a muerte. Para bien o para mal la modifica de manera irremediable y nos da lecciones tácitas pero valiosas si sabemos atenderlas.

Nos enseña, de golpe, que no debemos perder el tiempo con nadie que no quiera perderlo con nosotros, y nos enseña también que la edad no es determinante para que la vida termine, sino un simple factor.

Ella es la única certeza absoluta que podemos tener a lo largo de toda nuestra existencia. La muerte nos une más que la vida. Su poder de convocatoria es insuperable, pues la ausencia de una persona convoca a la presencia de muchas que, incluso, no se han visto en muchos años, aun con mejores motivos para hacerlo.

Como fuente de inspiración, la muerte ha permeado en la cultura de todas las sociedades de manera singular pero profunda: en la literatura, la música, la plástica, la arquitectura, el cine, los rituales, la religión… Sin dejar de lado el hecho de que ha generado un sinfín de mitos, leyendas, creencias y desideratas.

No hay mejor estímulo para apreciar la vida que mirar a la muerte cara a cara, aun cuando siempre tiene los ojos cerrados. Ella, la única que siempre espera por nosotros sin importarle nada. La única cuya generosidad y equidad son incuestionables.

Ni siquiera el amor es capaz de modificar la vida de alguien como puede hacerlo la muerte. Ello sin contar con que el cambio que opera el amor es paulatino y susceptible de conocer un final, en tanto que el que conlleva la muerte es instantáneo y definitivo. Eterno, pues.

Hablamos de la muerte de manera coloquial. Amenazamos todo el tiempo con “matar” a otros por nimiedades, y nosotros “morimos” en vida de risa, de hambre, de aburrimiento, de coraje, de cansancio, de ganas, de amor… e irónicamente, “matamos” el tiempo que tanto nos preocupa.

La muerte es tan importante como la vida, porque es condición indispensable para la existencia de ésta. De ahí que incluso la celebramos. Sin embargo, a pesar de que la comprendemos, jamás la aceptamos.

La muerte detona un mecanismo en los vivos en virtud del cual la memoria es la única opción que existe para continuar viviendo cuando uno desaparece. El olvido es la muerte después de la muerte, tanto como lo es en vida.

Al morir nos reintegramos a la nada de la cual salimos, antes de ser. No obstante, somos tan soberbios que nos hemos inventado cielos, infiernos, resurrecciones, metempsicosis, transmigraciones y demás argucias antes de aceptar la muerte como el absoluto definitivo que es.

¿Y tú vives la vida o la mueres..?


1 de agosto de 2013

¿PAN CON LO MISMO?



El hombre es un animal de costumbres



La rutina es una asesina serial de relaciones interpersonales. Es sinónimo de inamovilidad. Acumula herrumbre en los intersticios que articulan la convivencia hasta disolver los goznes y termina por aburrir y separar a las personas por desgaste, por aburrimiento.

La rutina es peligrosa porque crece como el moho, de manera imperceptible y silenciosa, pero inexorable, cubriendo cada minuto de nuestro día a día.

Comienza a formarse porque abrazamos actitudes, palabras, formas de ser, hacer y actuar que, en principio, nos parecen originales y/o novedosas, y terminan por erigirse en una práctica automática, como si se tratara de una fórmula de éxito probada. Justamente es por eso que no nos percatamos de cómo nos atrapa. ¡Es la trampa perfecta!

Utilizamos las mismas rutas para desplazarnos, seguimos el mismo orden para vestirnos, empleamos las mismas muletillas al expresarnos, acudimos a los mismos lugares y, salvo por ligeros matices, establecemos secuencias y modos repetitivos para cuanto hacemos.

¡Y hay qué ver –eso sí- cómo nos deleitamos hablando, incluso en tono doctrinario, acerca de la importancia del cambio! ¡De lo originales que somos! Pero sin renunciar a rutinas, hábitos y costumbres que hacen de nosotros una copia al carbón cada día más perfecta, hasta que somos tan predecibles que nuestra vida se detiene y comienza a descomponerse como el agua estancada, infectando de paso a toda persona con la cual nos relacionamos, al grado de que se nos identifica a partir del constructo rutinario que hemos creado de nosotros mismos.

La rutina se enseñorea en nuestra agenda porque es cómoda. Porque nos brinda la seguridad de lo que nos es familiar. Porque nos evita el esfuerzo de inventarnos la vida a diario. Porque somos “animales de costumbres”.

A la vuelta del día, en el balance, nos encontramos con que vivimos cómodamente  atrapados en un recorrido circular que, en apariencia, nos está bien pero sin tomar en cuenta la opinión al respecto de quienes afectamos con nuestro no hacer. De quienes,  más bien, vamos alejando de nosotros por la fuerza centrífuga de la costumbre y ausencia de originalidad.

De vez en cuando no está de más hacer un alto total y hacer una retrospectiva de nuestra cotidianidad, reflexionar acerca de ella de manera consciente y autocrítica, a fin de darle giros que varíen nuestra perspectiva de las cosas, nos eviten el anquilosamiento y, de paso, le den una bocanada de aire fresco a nuestras relaciones interpersonales.

¿O es que tanto miedo le tenemos al cambio, tan buena es nuestra vida o simplemente  “vivimos” sin tomar conciencia de todo lo que hacemos por rutina?